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El sentido de la privacidad

mayo 6, 2009

Es sin duda uno de los temas candentes en la sociedad de la información: el derecho a la privacidad, sobre todo cuando se introduce en una ecuación en la que en el otro término aparecen cuestiones que van desde la comodidad hasta la seguridad, pasando por todo tipo de cuestiones relacionadas.

A finales del 2008 un provocativo artículo (al cual no le di en su momento la importancia destacada) del New York Times, You’re Leaving a Digital Trail. What About Privacy?, cuenta la experiencia de un grupo de unos cien estudiantes del MIT que han aceptado ceder todos los datos de actividad, localización, navegación y otros a cambio de recibir un smartphone gratuito. Siguiendo el hilo de aquel argumento empleado por Google, “la privacidad completa no existe“, en el juicio por unas fotos de Street View que revelaban el interior de una finca en Pennsylvania, el artículo de New York Times avanza una afirmación de Tom Malone, Director del Center for Collective Intelligence del MIT y uno de esos autores míticos que recuerdo de varios papers en la lista de lecturas de mi Major Field Exam, que seguro generará polémica:

“For most of human history, people have lived in small tribes where everything they did was known by everyone they knew. In some sense we’re becoming a global village. Privacy may turn out to have become an anomaly.”

“Durante la mayor parte de la historia humana, las personas han vivido en pequeñas tribus donde todo lo que hacían era sabido por todos sus conocidos. En cierto sentido, nos estamos volviendo una aldea global. La privacidad podría haberse convertido en una anomalía.”

Ambas afirmaciones tienen una parte sólida: en un mundo en el que las personas hacen cada vez más cosas a través de un entorno en el que todo queda recogido en el fichero log de algún servidor, mantener una expectativa de privacidad total resulta cada día más complejo. La idea de que “eso no me importa, porque no tengo nada que ocultar” es una falacia conceptual que identifica el deseo de privacidad con la intención de cometer una acción mala o reprobable, y oculta una verdad de índole muy superior: la privacidad es un derecho. Con tu privacidad puedes hacer lo que buenamente quieras, entregarla en su totalidad a un tercero, negociarla a cambio de ventajas como regalos (un teléfono móvil), productos gratuitos (Gmail y muchos otros), acceso a servicios premium (hacer login para leer un periódico) o comodidades (autorizar una cookie para que recuerde mis preferencias), pero en todo momento debe prevalecer una máxima de primer orden: es MÍ OPCIÓN hacerlo. Un derecho que debo poder administrar, regular, conceder o retirar según mis preferencias absolutas o relativas, en función de las circunstancias que yo escoja en cada momento. No se me puede en modo alguno imponer. Los tres principios básicos; propiedad de mis propios datos, control de los datos recogidos sobre mí, y consulta, destrucción o modificación de éstos; deben ser respetados si se quiere mantener el delicado equilibrio de libertades que debe caracterizar la sociedad de la información.

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